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ESPACIO 127 Nº 8

 

LA CIUDAD COMO CONCEPTO CAMBIANTE
Una aproximación a su significado

Lic. Bellagamba, F. E. A

Correo electrónico: feab@arnet.com.ar

Abstract

El concepto de ciudad, ha sido abordado desde diferentes disciplinas y por distintos autores a través del tiempo. Una puesta en escena de algunos abordajes que se llegaron a construir sobre dicho concepto, es el objetivo principal de esta ponencia. Remarcamos también, la necesidad de elaborar un enfoque interdisciplinario para aproximarse a un fenómeno tan complejo en sus particularidades espacio-temporales; particularidades, que en muchos casos -y tal vez en la totalidad de ellos-, obligan a reformular la idea de definir los fenómenos urbanos, para intentar comprenderlos desde ámbitos descolonizados de disciplinas que fueron hegemónicas. La definición de los espacios urbanos como categorías únicas, puede tornar dificultosa su comprensión, y atentar contra la necesidad que tenemos como ciudadanos, de otorgarle nuestros propios significados sociales a los espacios que habitamos. Este recorrido -no exhaustivo ni completo- sobre distintas concepciones del fenómeno urbano, marca un punto de partida y no una metodología de análisis sobre el mismo. Esta última, dependerá de la manera en que como investigadores formulemos nuestros objetivos de base a la hora de enfrentarnos a un objeto de estudio cambiante, confuso y por sobre todas las cosas, producto de la historia.

 

Introducción y desarrollo

            La reflexión sobre algo tan cotidiano y por ello tan evidente, se hace obligatoria para alejar del pensamiento común la idea de ciudad como algo dado, cuya existencia es una condición sine quanon de la vida humana, o que pertenece al orden de las leyes naturales. Su estatus de cotidianeidad, impide muchas veces tomar lo habitual o evidente como objeto de análisis, y posibilita que se considere solo como objeto, o como un espacio físico que crece por la sola agregación de edificios o personas. Pensar la ciudad, significa no solamente concebir un plan urbano de desarrollo, sino también y más relevante aún, significa entenderla; poder realizar un mapa cognitivo -en términos de Constancio de Castro Aguirre[1]- y, además, intentar colocarla dentro de un proceso que incluya condicionantes y resultados. Un proceso en donde el por qué de sus orígenes tenga tanta importancia como sus transformaciones, incluidos los procesos de involución y hasta de desaparición de agrupamientos urbanos.

            Entender la ciudad, significa también eliminar la “actitud imperialista” que de ella y del urbanismo hicieron disciplinas como la Arquitectura y la Ingeniería, y colocarla en una “esfera descolonizada” y abierta a la mirada y la reflexión de otras ciencias. La ganancia de tal apertura, se evidenció a lo largo de la historia con los aportes de disciplinas y especialidades tan dispares -en lo metodológico y lo teórico- como la Sociología, la Antropología, la Economía, la Historia, la Informática y la Geografía, solo por citar las más representativas. Lo que estas ciencias hicieron, fue intentar descifrar la ciudad, explicarla y describirla, tomarla como objeto de análisis y a la manera de un rompecabezas, desarmarla en sus componentes y procurar reconstruirla. Ver más allá de la casa, la plaza o el edificio, y leer en ellos su historia, una historia signada por formas sociales, modas, cambios económicos y políticos, tradiciones culturales y simbólicas, o simplemente, la idea que antecede a la concreción en el pensamiento de un Arquitecto.

            La variabilidad de formas y contenidos nos lleva desde los asentamientos mesopotámicos del período de Al `Ubaid (5300-3600 a.C.)[2] , cuyas construcciones no pasaban de una materialidad formada por barro, troncos de palmera y juncos, hasta las megalópolis que caracterizan nuestro globalizado mundo, donde el barro, la piedra y los ladrillos secados al sol, dejaron lugar al acero y al vidrio. Ciudades medievales, renacentistas, barrocas e industriales; ciudades costeras, portuarias, mineras, jardín[3] y comerciales; ciudades consideradas megalópolis, metrópolis, conurbaciones, villas miseria, slum, barriadas y suburbios; ciudades amuralladas, frontera y mediterráneas; nombres que designan lugares y formas, funciones y momentos históricos que no son otra cosa que el producto de las relaciones del hombre con la naturaleza y de los hombres entre sí. Espacios transformados que obligan y obligaron a los hombres de ciencia a otorgarles la categoría de objeto de análisis, y así, correr en busca de una definición que pusiera orden en el caos. Posiblemente sea solo una cuestión de semántica, pero seguramente la búsqueda de una definición de ciudad -más allá del acuerdo o no con ella-, nos hable de aquellos elementos que debemos tener en cuenta a la hora de conceptualizarla y analizarla en sus procesos de formación y desarrollo.

            A través de nuestra historia, los conceptos de Ciudad y Urbanismo fueron cambiando; en palabras de Juan Duprat[4], la ciudad sería aquel espacio receptor y propiciador del desarrollo de actividades humanas, teniendo también una gran influencia sobre la vida de los grupos. Un panorama evolutivo, nos muestra la gran gama de formas y funciones que se encuentran desde las ciudades mesopotámicas hasta la ciudad industrial, y nos obliga a recorrer un camino de una doble influencia. Un movimiento dialéctico entre el hombre y el medio, que torna aún más problemática la búsqueda de una definición de ciudad, como imprecisos los intentos que por definirla se hicieron.

            Las dudas que tenemos se refieren por ejemplo, a ¿Que elementos tomamos en cuenta para entenderla?, ¿Que indicadores la representarían mejor?, ¿Es el número de habitantes un criterio válido?, ¿Es el tamaño -en términos espaciales- un indicador de complejidad y jerarquía?, ¿Podemos tomar la estructura social como elemento revelador de la variación urbana?, o ¿Es la forma económica de cada período histórico, la que determina la morfología, el funcionamiento y la ubicación de las ciudades?

            Infinidad de preguntas agregan más y más incertidumbre, pero también iluminan sobre posibilidades de análisis y vías de acceso a un fenómeno complejo, antiguo y perdurable.

            Uno de los indicadores que comúnmente se toman para establecer diferencias entre aldea, pueblo y ciudad, es -como dijimos anteriormente- el número de habitantes. Esta clasificación presenta diferencias notables a la hora de considerar las regiones. Por citar solo algunos ejemplos, en Canadá para conformar un pueblo se necesitan 1000 hab., en el caso de EE.UU la cifra sube a 2500 hab., para Dinamarca, la cantidad disminuye notablemente a las 200 personas, y Grecia, Nepal y España, se elevan hacia el tope mínimo de 10000 hab.; entre los 1000 y los 2000 hab., podemos encontrar países como Irlanda, Panamá y Australia; Japón constituiría el caso extremo de 30000 hab. para diferenciar población rural de urbana. Estos ejemplos nos hablan de una gran variabilidad que responde a múltiples condiciones. Creemos, que la simple categoría numérica, no constituye un indicador válido de análisis o clasificación; sí tal vez, un primer intento de ordenamiento regional, que no alcanza a la hora de comprender o explicar otros procesos. La importancia de la información censal, conforma un disparador hacia otras esferas de análisis que contemplen variables no meramente cuantitativas. El agregado de criterios cualitativos como la función administrativa, el tipo de servicios o el estatuto jurídico, pueden servir como modelo.

            Un ejemplo de definición teórica de ciudad basada en la funcionalidad[5], lo podemos encontrar en la obra de Pirenne, quien llegó a afirmar que “...el origen de las ciudades se vincula directamente, como el efecto a su causa, al renacimiento comercial (...) La prueba es la chocante coincidencia que aparece ante la expansión del comercio y la del movimiento urbano”.[6] En este caso, el autor reserva la categoría de ciudad a los pueblos que cumplían funciones económicas de alto nivel. “Para Pirenne, todas las facetas de vida urbana en los tiempos medievales, cuando se creó la ciudad europea, podrían explicarse en términos económicos.”[7] La idea de ciudad como una comunidad de mercaderes, choca con lo que sostiene L. Munford, acerca de que “... no fue el renacimiento del comercio en el siglo XI lo que determinó la fundación de un nuevo tipo medieval de ciudad (...) la actividad comercial era más bien síntoma de un renacimiento mucho más importante que se llevaba a cabo en la civilización occidental; era la característica del nuevo sentido de seguridad aportado por la ciudad amurallada.”[8] El criterio funcional, y específicamente aquel referido al papel económico, está ligado a la consideración de las ciudades como entidades dentro de las cuales, no se desarrollan funciones agrícolas, y ve la ciudad, como un lugar donde los ciudadanos no producen directamente su subsistencia, y cuyo espacio interno se caracteriza por el desarrollo de actividades comerciales e industriales. Esta perspectiva -determinista en lo formal de su planteo-, se fue enriqueciendo con el agregado a la definición de ciudad de otros elementos, como por ejemplo, la presencia en el interior del casco urbano de servicios especializados; léase, transporte, educación, salud, y administración del Estado.

            Las teorías institucionales, marcaron la diferencia entre aldea y burgo, a partir de la presencia o no de Instituciones Legales, y específicamente a la manera en que estaban organizados. El carácter corporativo de los burgos, le otorgaba una categoría diferente a la de la organización aldeana. Lo mismo podemos decir del papel jugado por las Instituciones Religiosas, en la explicación de los orígenes de las ciudades. La mayoría de las ciudades Latinoamericanas, tuvieron sus orígenes en estrecha relación con el emplazamiento de templos, oratorios o iglesias, que funcionaban como centros de atracción para el asentamiento de pobladores.

            Estas explicaciones acerca de los orígenes de las ciudades, y por ende su definición, presentan las mismas dificultades que aquellas referidas a los orígenes de los primeros estados, donde el eje de la argumentación, se centra en la identificación de poderosos motores de generación de cambios, que no contemplan la multicausalidad en la aparición de fenómenos complejos, o si lo hacen, la colocan como subproducto de la acción de causas únicas. La hipótesis de “la guerra” sostenida por Robert Carneiro, o la teoría “hidráulica” de Karl Wittfogel, el comercio, la simbiosis interregional, o el arte monumental y la religión estatal; son ejemplos perfectamente equiparables a las definiciones de ciudad desarrolladas hasta aquí.

            Un caso que aún no hemos abordado, lo constituyen aquellas reseñas que se centran en el análisis de la sociedad. Dentro de este enfoque, “...el origen de la ciudad se relacionó directamente con la transformación de la sociedad igualitaria, carente de propiedad privada, basada en las relaciones de familia y en la especialización de funciones según el sexo”.[9] El cambio se produce al concebir a la ciudad como “...un estado mental, un cuerpo de costumbres y tradición”.[10] Ya no son la forma o las funciones los elementos primarios de observación; el punto central, radicaría aquí en la diferenciación de los habitantes de la ciudad, respecto de aquellos que no viven en ella.

            El debate sobre el continuo folk-urbano o sobre las diferencias entre lo rural y lo urbano o el campo y la ciudad, es de larga data en el ámbito de la reflexión social, y más específicamente en el campo de la Antropología y de la Sociología. No es nuestro objetivo analizar la producción teórica de ambas disciplinas en torno a la problemática del campesinado, o del habitante de la ciudad. Sí creemos pertinente, establecer algunos ejes conceptuales desarrollados por ambas ciencias al intentar definir la ciudad.

 Si tomamos como punto de partida la oposición campo-ciudad, una definición facilista afirmaría que la ciudad es todo aquello que no es el campo. Según el Antropólogo Nestor García Canclini, “...este enfoque, muy usado en la primera mitad del siglo, llevó a enfrentar en forma demasiado tajante el campo como lugar de relaciones comunitarias, primarias, a la ciudad, que sería el lugar de las relaciones asociadas de tipo secundario, donde habría mayor segmentación de los roles y una multiplicidad de pertenencias.”[11]

La simplicidad de tal oposición deja sin explicar, no solo la polarización del espacio, si no que tampoco toma en cuenta las situaciones o formas que se producen entre ambos polos. La asociación de sociedad industrial y proceso civilizatorio, trajo aparejada una consecuencia inmediata que fue la urbanización, y con ella, el concepto de lo rural se redujo a todo aquello que no es urbano. La dicotomía desde entonces -según el sociólogo Artemio Baigorri[12]- se planteó primero en términos de polarización, para luego arribar a la oposición directa. Consecuencia inmediata de esto, fue la consideración de lo urbano en una escala jerárquica superior, estrechamente asociado al concepto de progreso en el campo económico y social.

            Las interesantes críticas que plantea García Canclini, se refieren a que esta diferenciación descriptiva, “...no explica las diferencias estructurales ni tampoco las coincidencias frecuentes entre lo que ocurre en el campo (...) y en las ciudades.”[13]

            Un importante intento de superar la dicotomía entre lo rural y lo urbano -tanto en el plano de la teoría como en el de la práctica-, se ha hecho a partir de la formulación del concepto de “Unidad de Hábitat”, que designa a todos los centros o puntos de concentración de población sedentaria. “Estas unidades de hábitat se consideran en estrecha relación con el espacio circundante, formando “sistemas de hábitat” definidos por los lugares de trabajo y el radio en que se realizan las migraciones laborales diarias (...) De esta forma desaparece la división tradicional entre ciudad y poblamiento rural y se integra todo en una unidad más amplia, caracterizada por la división del trabajo y por los movimientos espaciales relacionados con ellos.”[14]

            La antítesis campo-ciudad, ha llevado en la actualidad al campo de la Sociología, a plantear la necesidad de una reformulación epistemológica en torno a las especialidades de la Sociología Urbana y Rural. Su reclamo, se refiere a la imposibilidad de mantener lecturas individuales de un mismo ámbito polarizado, y resaltar la importancia del territorio como una globalidad.

            Artemio Baigorri completa la idea diciendo que, “...del mismo modo que no podemos concebir esa población como concebíamos al campesinado, tampoco podemos identificar el medio rural con el medio natural, como el ecosistema propio del campesinado, sino como un artificio más, una parte de la urbe global, con formas y funciones muy distintas de las consideradas tradicionalmente por la Sociología Rural.”[15]

            Los criterios sociológicos para definir lo urbano o la ciudad -en este caso asumimos la sinonimia-, fueron principalmente los de heterogeneidad social[16]; la preocupación por la cultura urbana[17]; la interacción social y la capacidad de innovación.[18] La concepción que de la ciudad hizo Louis Wirth, la podemos resumir en el siguiente párrafo: “...un asiento relativamente amplio, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos (...) el gran número de habitantes contribuye a la pérdida del contacto personal y a la comunicación por medios distintos de los contactos personales directos (...) la estructura urbana determina el quiebre del antiguo marco social y su reemplazo por uno nuevo (...) este nuevo marco social, este conjunto de relaciones grupales es lo que tipifica a la ciudad.”[19]

            La manera de abordar el fenómeno urbano a partir del concepto de “cultura urbana”, es lo que posibilitó que desde la teoría en primer lugar, y luego desde la práctica, se construyera la diferencia analítica entre el campo y la ciudad. Una crítica desde la Antropología -referida a la posición de Wirth-, remarcaría por ejemplo, que el paso de la vida rural a la ciudadana, no necesariamente significa la pérdida de los lazos familiares o de las relaciones de carácter primario. En la mayoría de los casos de migraciones del campo a la ciudad, las comunidades o grupos transplantados, desarrollan entramados sociales más fuertes y duraderos, y potencian aquellos elementos que tradicionalmente funcionaban como aglutinantes grupales.

El enfoque sociológico -como única forma de análisis- deja de lado, al explicar el fenómeno urbano, los productos más importantes que resultan de la heterogeneidad social, las interrelaciones y la innovación tecnológica, que son justamente los rasgos más obvios de las ciudades; las calles, los edificios, las casas y el espacio público, entre tantos otros. Estos elementos son tomados por la Escuela Ecológica de Chicago[20] y colocados en una nueva síntesis entre población y medio. Los ecólogos, le otorgaron un significado nuevo al espacio, e intentaron descubrir relaciones y pautas -entre los sectores diferenciales de la ciudad-, y establecer leyes que dieran cuenta de la ciudad como un todo. La crítica de Munford[21] parece adecuada, al afirmar el excesivo localismo[22] de los sociólogos norteamericanos, la utilización imprudente de estadísticas, y la falta de un verdadero conocimiento comparativo e histórico de las ciudades. Lo que destaca el autor, es la incapacidad de estos Sociólogos “... para formular preguntas interesantes sobre los atributos específicamente humanos y culturales de las ciudades”.[23]

La visión de Munford, se basa fundamentalmente en una concepción evolutiva de la ciudad europea, que a su vez se relacionaría “...con períodos de la técnica y el pensamiento para formar una secuencia histórica”.[24] El énfasis en la historia como proceso, lo lleva a oponerse tajantemente a los enfoques funcionalistas de la Sociología Norteamericana. Entender la ciudad o lo urbano a partir del concepto de “cultura urbana”, estrechamente relacionado con el proceso de industrialización y sus consecuencias sobre los habitantes de las ciudades, no permite el abordaje de todas aquellas concentraciones humanas que escapen de alguna manera, a los efectos de la industrialización. Por lo tanto, el modelo resulta insuficiente a la hora de analizar otras realidades sociales del tipo “no industrial”. Generalizar una definición de ciudad[25], quita rigor teórico al análisis de casos que no puedan colocarse en moldes preestablecidos. La gran variabilidad[26] -morfológica, funcional y de contenido- que presenta el panorama de “las ciudades”, ya sea en su desarrollo histórico o en términos contemporáneos, nos obliga a contemplarlas como fenómenos complejos y en permanente transformación. Es -desde nuestro punto de vista- esta misma transformación, la que permite que el objeto ciudad, sea abordado y definido desde una variedad de ópticas y a través de innumerables accesos. Uno de estos, y que representa una perspectiva interesante, es el desarrollado por Hugo Gaggiotti[27], en lo que podríamos denominar un enfoque semiótico.

Creemos -continuando en esta dirección- que lo que conforma una ciudad, son los elementos que tomamos para construir un discurso -científico o de sentido común- acerca de la misma. Lo que configura una ciudad, no son solo calles y edificios; la existencia de grupos e individuos completa el escenario de la vida urbana, y el texto ciudadano completa su sintaxis otorgándole un significado. El planteo del autor, es la búsqueda de los discursos urbanos acerca de la ciudad. Gaggiotti, le confiere un alto grado de importancia a lo que él denomina formas discursivas elementales, por que, en sus palabras, “...significan una mejor definición y comprensión de la construcción de la entidad y de la identidad a partir de la conformación del discurso sobre la ciudad, aunque, como parte complementaria (...) debe estudiarse el discurso del grupo dominante del ámbito decisional, con el fin de confrontarlo con aquellos que dominan el espacio del discurso urbano y ver su grado de contribución a la percepción colectiva.”

Hugo Gaggiotti, segrega dos tipos de discurso y le otorga mayor importancia a los que él denomina “elementales”. Estos, se conforman a partir de la manera en que se perciben elementos como lo físico, el pasado, el futuro, la percepción de lo sagrado y de lo profano, y de las producciones culturales que son en definitiva los que le dan significado al concepto de ciudad. Otra característica que se le atribuye a estas formas discursivas, es la percepción que realizan los grupos sobre el desarrollo de la vida urbana, por medio de acciones que ellos consideran, están “...indisolublemente unidas a lo urbano y hacen que perciban la ciudad especialmente en estas categorías mentales.”[28]  

En síntesis, lo que el discurso urbano permite -fundamentalmente aquellos considerados elementales-, es la posibilidad de percibir la ciudad,  y poder construir una imagen de la misma, dentro de la cual, identificar entre otras cosas; “...una ciudad idealizada en el pasado, que les sirve para explicar el origen y justificar y tratar de entender su presente por la búsqueda del génesis (...) Una ciudad idealizada en el futuro, que ayuda a los grupos a organizar su proyecto de ciudad, la cual se compara y liga a otras ciudades de la red urbana (...) y una ciudad idealizada en transición, que cohesiona los grupos en torno a un discurso polarizador, o bien a favor de la ruptura con el pasado o bien a favor de la continuidad con el pasado, como la condición indispensable para la consecución de la ciudad.”[29]

La importancia que la comunicación juega en este enfoque, quita toda entidad a preguntas que intenten establecer relaciones causales entre por ejemplo, segregación social y tipos discursivos, o sobre la adscripción de clases a discursos elementales o dominantes, o la ubicación espacial de las distintas formas en que se construye el significado de la ciudad. Para Gaggiotti, la ciudad “...es esencialmente comunicación. Un ámbito que no consiga establecer condiciones para la comunicación es imposible que se constituya en un ámbito urbano.”[30] Creemos, sin embargo, que la conformación de un “ámbito urbano”, posiblemente no necesite para ser tal, de la existencia de discursos adheridos a grupos diferenciales, que le otorguen entidad, lo cualifiquen o lo consideren como un objeto cultural, dentro del cual los grupos “perciben” su esencia. La postura de Gaggiotti en este sentido, concuerda -aunque no lo parezca en su planteo inicial- con la idea de Scott Lash[31], acerca de la importancia de los factores culturales en el proceso de definición de un espacio urbano.

Su análisis, se centra en una problemática harto conocida, que en este caso específico, toma a la ciudad como objeto de reflexión y de significación. El debate entre modernidad y posmodernidad, permite ver la utilización -que más adelante desarrollaremos- en el ejercicio de concebir la ciudad, de un paradigma de carácter histórico, frente a un paradigma de tipo geométrico. La argumentación de Lash, no está referida a la importancia de los tipos discursivos en la construcción de la imagen de la ciudad. Su debate, pasa por considerar o no, a las ciudades como objetos culturales. La respuesta a este interrogante, es afirmativa, pero en tanto y en cuanto las ciudades y la arquitectura puedan funcionar como símbolos. ¿Que quiere decir con esto?, que tanto las ciudades como la arquitectura no pueden representarse de la misma manera que lo hacen otros objetos culturales como el cine, la música, o la pintura. La característica que Lash le otorga a los símbolos, es la de poseer significación, y al mismo tiempo no tener contacto con sus referentes. Son precisamente estas condiciones, las que colocan a las ciudades en una posición ambigua, en cuanto a su estatus de objetos culturales o materiales. Lash, opta por operar, a la hora de definir la ciudad, “…con un modelo más culturalista que materialista...”[32], pero cuidándose de no dejar de lado los factores materiales que en su esquema, posibilitan el libre juego de la esfera cultural.

Tomado en perspectiva histórica, el planteo del autor es coincidente con dos rupturas que se produjeron a nivel de los paradigmas espaciales. Una de ellas, se refiere al cambio en la concepción espacial -y cultural- que tuvo lugar en la modernidad temprana, en donde se produce el reemplazo de la ciudad gótica, “...estructurada por el simbolismo de una cristiandad mística...”, hacia “... una teoría de la disposición espacial muy semejante a la noción del realismo pictórico”.[33] Las ideas que representan este cambio, se desarrollaron a partir de concepciones geométricas del espacio, y por ende, lucharon por dejar de lado el “laberinto gótico”[34], caracterizado en el medioevo por calles sinuosas, hacinamiento, grandes campanarios para sincronizar las actividades ciudadanas, y una no-separación espacial en cuanto a las zonas de trabajo y de vivienda.

El nuevo plan urbano -asociado al trabajo de los arquitectos barrocos-, se centró en la concepción geométrica de la ciudad. Un espacio atravesado por grandes avenidas o bulevares, con una idea regente referida al mejoramiento de la circulación y el movimiento. Este esquema, en términos generales, cambia en la próxima etapa, a la cual Lash denomina “modernismo arquitectónico maduro”. ¿Dónde se evidencia el cambio?, fundamentalmente en la importancia que adquirió la edificación, y en la ruptura con los llamados estilos históricos. La aparición de nuevos materiales (acero, vidrio y cemento), contribuyó a potenciar los aspectos funcionales del diseño y la planificación. Estas apreciaciones espaciales, tienen su anclaje en verdaderos cambios en el nivel de la cultura y de la sociedad.

Si la Arquitectura moderna “...se fundó sobre un proceso de diferenciación (...) La Arquitectura posmoderna ejemplifica la des-diferenciación...”[35]. Lo que el autor quiere significar es, en primer lugar, que el proceso de diferenciación se produjo en el ámbito de la cultura secular y de la cultura religiosa. Esta secularización, tuvo como resultado una progresiva desaparición del “laberinto gótico”, y una lenta pero constante instalación del paradigma geométrico[36], racional y funcional. La elaboración y consolidación de este paradigma, produjo la separación entre la actividad de los expertos y el resto de la comunidad, fenómeno que se dio, no solo en el plano de la Arquitectura o de la Ingeniería, sino que también afectó y colocó en compartimentos estancos al resto de las disciplinas, ya se trate de los ámbitos artístico o científico.

El concepto de des-diferenciación, constituye un intento -logrado o no- de volver a poner las cosas en su lugar. La aparición del pastiche, reelabora la rigidez normativa de la materialidad moderna, y las fronteras entre el experto y el bulgo se desdibujan en busca de una reivindicación de carácter popular e imaginativo, recuperando al fin, la síntesis histórica perdida en la pretendida universalidad del llamado “estilo internacional”.

La idea de concebir a la ciudad a partir de modelos culturales, no es novedosa, pero plantea un traslado del punto de vista a la hora buscar una definición del espacio urbano. Esta búsqueda, que hace referencia al título del debate, nos lleva sin quererlo, a intentar una definición de la entidad ciudad. Decimos que es un concepto que posee determinadas cualidades, que nos permiten establecer un proceso clasificatorio. Ahora bien; este proceso, para que sea completo, debe agotar e incluir en dicha clasificación todos los elementos que caracterizan a nuestra entidad. Desde esta perspectiva, lo correcto sería emprender una taxonomía de la ciudad, que contemple -a lo largo de la historia-, sus transformaciones en aspectos tales como: forma y contenido, tamaño, ubicación, densidad y funcionalidad, entre otros. La tarea de clasificar las diferentes ciudades en los distintos momentos históricos y ubicaciones espaciales, nos daría como resultado grandes tipologías, y quizás, hasta nos permitiría formular “leyes de tendencia”[37], acercándonos aún más a la posición del historicismo[38], y peligrosamente a considerar que el “...futuro deberá ser de cierta manera determinado”.[39]

Una empresa de tales características, terminaría por agotarse en sus instancias clasificatorias. Las taxonomías por sí solas, no conforman un modelo explicativo de aquello que contienen. Esta posibilidad, por tentadora que parezca, se aleja considerablemente de los objetivos buscados. El papel que la predicción juega en este caso -“...hacer una afirmación sobre lo que no conocemos, sobre lo que va a suceder en el futuro o lo que pudo haber sucedido en el pasado, solo se podrá denominar “predicción” en sentido epistemológico si es posible utilizar la conexión deductiva entre conocimientos que ya se poseen y aquel que se desea obtener.”[40] -, se aleja de la idea de definición de la ciudad, y de las posibles variaciones en su campo semántico.

Dentro de esta exploración, el papel que la disciplina geográfica jugó -ya sea para definir o para explicar los asentamientos urbanos- nos lleva al trabajo realizado por la Geografía Urbana, como una de sus ramas más productivas durante el siglo XX.

Esta disciplina, se basó específicamente en el descubrimiento dentro de “lo urbano”, de niveles o de jerarquías diferentes. La identificación de las mismas, se haría a partir del estudio de la conformación de las redes urbanas, o a partir del empleo de la teoría del lugar central[41].

Esta metodología, permitió determinar “...niveles de complejidad creciente dentro de los sistemas de poblamiento”.[42] Dicha complejidad, se refiere a la diversidad manifiesta, no solo dentro de las ciudades, si no también entre ciudades.

La Geografía, a partir de sus concepciones regionales, ha tenido una notable repercusión en otros ámbitos científicos al colocar a la ciudad dentro de un marco más abarcativo. Así, la antigua división entre lo rural y lo urbano, pierde su valor de análisis -desarrollado fundamentalmente por la escuela sociológica y por la Antropología- desdibujándose las fronteras reales o virtuales entre la ciudad y el campo.

El enfoque regional, introdujo una visión más general que permitió identificar formas intermedias entre las zonas metropolitanas y las no metropolitanas. Según Emrys Jones; “La ciudad refleja a la región; la región se complementa con la ciudad y depende de ésta para obtener las funciones especializadas que caracterizan al intercambio, la manufactura y los servicios.”[43] Esta complementariedad, obliga al núcleo urbano a una sectorización -funcional y espacial- con la consecuente aparición de jerarquías urbanas diferenciales, que según Horacio Capel, su descubrimiento e identificación, ha sido quizás una de las más importantes contribuciones de la Geografía a la teoría de la ciudad.

Lo que en definitiva propone la Geografía Urbana, es una definición de lo urbano a partir de dos criterios fundamentales; el de morfología y el de densidad.

Este último, reflejaría la aglomeración de determinada cantidad de individuos en un espacio pequeño, mientras que el concepto de morfología, por un lado sería la expresión de la densidad de población, y por el otro, el resultado del uso del suelo. Las categorías de tamaño y funcionalidad, se dejarían para una instancia posterior de análisis, y servirían para identificar diferentes niveles o jerarquías dentro del tipo de asentamiento.[44]

De todas maneras, y en esto concordamos con Jones; “Reconocer que la ciudad es un producto de fuerzas sociales no basta si no se estudia también a la sociedad”.[45] La necesidad que remarca la Geografía Urbana, se anuncia en la frase de Jones, y se refiere al enfoque interdisciplinario.[46] Un enfoque que trascienda la parcelación de las disciplinas y logre construir un campo unificado en torno al fenómeno urbano. La posibilidad de analizar la manera en que la forma espacial y la estructura social se relacionan o entrelazan, lleva a una instancia que en lo metodológico y lo teórico, necesita de la fusión del geógrafo con otros científicos sociales, tendiente a lograr un enfoque más amplio apoyado en la interdisciplinariedad.[47]

Una de las razones por las que se introduce un enfoque regional[48] en los intentos de definir las ciudades, se anuncia en la frase de George Pierre “...la ciudad no constituye nunca una realidad geográfica completa”.[49] La búsqueda de una interpretación contextual, coloca a la ciudad dentro de un sistema que a su vez, permite establecer una diferenciación entre un contexto ciudadano y otro regional. Así, la importancia del contexto, posibilita visualizar las relaciones que se establecen entre la ciudad y el campo o entre ciudades, que tendrían como resultado la formación de lo que se conoce en términos geográficos como “redes urbanas”. La concepción espacial de las redes urbanas, lleva a interpretar la ciudad como una totalidad integrada en un sistema relacional.

Productos de esta teoría, son el establecimiento de mediciones o delimitación de campos urbanos. ¿Que significa esto? Ni más ni menos que la medición de radios de influencia de una ciudad sobre su región circundante. Para realizar estas mediciones, se utilizan índices que van desde el grado de absorción poblacional de un colegio, hasta las zonas más lejanas donde llegan los transportes de pasajeros urbanos. Otros índices interesantes, lo constituyen por ejemplo; el registro hospitalario de procedencia de pacientes, la extensión del tendido eléctrico, o la circulación de personas y artículos diversos. Alejandro Rofman[50]-para citar solo un ejemplo de lo que entendemos por región- nos habla de las regiones autosuficientes argentinas, estableciendo una marcada dicotomía entre el N.O.A y el N.E.A, con los desarrollos que se produjeron en el Litoral. Esta última región, incluye lo que el autor denomina “la franja San Lorenzo-San Nicolás”, caracterizada por la existencia de un desarrollo urbano sin interrupciones, ocupando toda la franja del Río Paraná entre ambas ciudades. “Esta franja urbana posee un desarrollo dinámico, de crecimiento vertiginoso y de características particulares que se oponen a las expuestas  en  el  párrafo  anterior.”[51]  [El autor se refiere a las economías autosuficientes del N.O.A y del N.E.A].

En el caso de San Nicolás, y a lo largo de su historia, esta localidad funcionó como un verdadero polo de atracción regional, ya sea como región agro-exportadora, o para tomar un ejemplo más cercano en el tiempo, como partícipe en la industria pesada, a partir de la radicación de la siderúrgica SOMISA. Imaginemos por un instante, las consecuencias locales y regionales que trajo aparejadas el funcionamiento de tal empresa. Por citar algunos ejemplos; el incipiente aumento demográfico, provocado por los procesos migratorios internos; transformación de la estructura espacial urbana, reactivación del sector de servicios y ampliación del mismo; formación de ciudades jardín -de las que el barrio Somisa constituye un excelente ejemplo- apertura y mejoramiento del sistema circulatorio de la ciudad, entre ellos, pavimentación y arreglo o reemplazo del sistema de empedrados; ampliación del tendido eléctrico, agua y líneas de gas; y como producto de todos estos elementos, el aumento de la actividad especulativa en torno al valor de la tierra y las viviendas. Sin ir más lejos, este ejemplo, puede ser trasladado -en mayor o menor medida- a diferentes puntos del país donde existan ciudades llamadas intermedias y con características similares a las de San Nicolás.[52]

            El ejemplo nicoleño resulta ser sumamente fértil a la hora de considerar un enfoque regional para su análisis. Sus potencialidades -presentes y pasadas- colocan la entidad “ciudad”, en una esfera de atención que merece ser abordada, analizada y explicada como tal. Lo importante -creemos- es el compromiso que tomemos como investigadores al momento de analizar nuestro objeto de estudio, que en este caso; desborda los límites disciplinares y se inscribe en un nuevo campo donde las fronteras de las disciplinas se tornan borrosas y se abren nuevos caminos para la comprensión de los fenómenos sociales.

Inconclusión

Generalmente, el espacio reservado para las conclusiones -sean éstas generales o parciales- se utiliza para realizar un resumen de lo desarrollado anteriormente. Por lo tanto, en la mayoría de los trabajos, este apartado conforma una instancia de síntesis y auto citas; una reafirmación de lo previo. Con esto, no queremos decir que la modalidad de las conclusiones no sea necesaria o constituya un procedimiento incorrecto; resultaría imposible expresar en una reflexión final algo totalmente distinto a lo hecho hasta el momento. Muy lejos de nuestras intenciones está la posibilidad de introducir innovaciones que desvirtúen -con una pretendida complejidad-, la simpleza y claridad -creemos- de los temas abordados. Por lo tanto, confiamos en que una buena manera de concluir con la problemática de la ciudad como concepto cambiante -sin por ello agotarla ni mucho menos- es exponiendo un último enfoque, que intenta a través de un análisis entre lingüístico, etimológico y filosófico -en la extensión de su planteo- determinar los dos significados de la ciudad; tal el título parcial del artículo de José Luis Ramírez.[53]

Su postura, comienza identificando dos paradigmas interpretativos sobre la ciudad. Si de dos maneras de ver la ciudad se trata, lo primero que podemos esperar es que existan posiciones contrarias respecto del objeto de estudio, y que esas diferencias permitan también que en algunos puntos se produzcan instancias de acuerdo. De hecho, así sucede, y no solo en el caso de Ramírez. Los acuerdos y desacuerdos -aunque parezca una obviedad- se dan a lo largo de todo el desarrollo de la ponencia, y lo que justamente permiten ver, es una extensa gama de interpretaciones que sobre un mismo fenómeno existen.

Como dijimos anteriormente, si quisiéramos ser exhaustivos con una problemática tan amplia, deberíamos inmediatamente cambiar nuestros objetivos de base, y el trabajo se transformaría en algo sustancialmente distinto. La elección de un abanico de autores y temas específicos referidos a la ciudad, respondió a un proceso de selección que buscó fundamentalmente la puesta en escena de posiciones que podríamos denominar “clásicas” (Munford, Pirenne, Wirth, Park, George, Capel, Castells, Morse, etc.), y la de autores que representaran -por lo menos para nuestro punto de vista- formas novedosas y a la vez imaginativas de concebir la ciudad o el fenómeno urbano. Por esto mismo, podríamos preguntarnos hasta que punto existe un verdadero interés -más allá del científico o el artístico- por entender el lugar donde habitamos, y preguntarnos: ¿Posee el ciudadano común herramientas conceptuales que le permitan comprender el funcionamiento, la morfología o en definitiva la historia de la ciudad? ; ¿Es esencial ser un “experto” para conocer nuestras necesidades, sean éstas biológicas, culturales o materiales? ; ¿Cuales son los límites del poder, a la hora de tomar decisiones que afectan al ciudadano y a su forma de vida? y por último, ¿Existen instancias de diálogo y consenso que lleven a una ciudad humana en lugar de una ciudad funcional?

Estas preguntas, no necesariamente tendrán por respuesta una visión única y homogénea. Son precisamente las diferentes opiniones las que enriquecen su significado. Por todo esto, es interesante el enfoque de Ramírez, que intenta llenar de significación el “espacio”, y así transformarlo en “lugar”.[54] Como dijimos más arriba, el autor analiza la ciudad a partir del desarrollo de dos paradigmas. Su planteo central, se basa en la concepción de la cultura urbana europea como un continuo, que pasó desde un paradigma de carácter histórico[55] hacia un paradigma de tipo geométrico.[56] Este último, involucraría la unión de un estatus ciudadano democrático, con una instancia de planificación urbana. Ambos elementos se relacionarían a partir del proceso dialógico que el autor reclama como la verdadera, y tal vez única manera, en que la ciudad “funcionalista” -diseñada por expertos-  le dé paso a la ciudad “humana”, en donde las funciones no sirvan como modelo explicativo de sus fines, y la planificación se constituya en un proceso consensuado. Se trata en definitiva, de la ciudad como producto de un diálogo cívico[57], “...que enlaza a las generaciones y está transido de historia y de tradición, en suma, que crea lugares en lugar de meros espacios”.[58]

Como vemos, ambos paradigmas mantienen una visión de la entidad ciudad que es sustancialmente distinta, aunque ambas posturas hablen exactamente de lo mismo; un escenario físico dentro del cual se desarrollan actividades humanas. Esta ambigüedad del concepto “ciudad”, es producto ni más ni menos, que de los intentos de clasificarlas, estructurarlas, y establecer taxonomías que permitan una mejor comprensión del fenómeno. Precisamente, es su carácter enigmático y a la vez visible, lo que lleva y llevó a artistas, músicos, científicos y meros observadores a hablar sobre ella, a colocarla en poemas, a hacerla formar parte de la música[59], y a que la ciudad sea también una puesta en escena -a través de su diseño y su arquitectura- de ideas políticas, de formas económicas, de modas, de estados guerreros o pacifistas, o de formas democráticas y despóticas.

La búsqueda de un proceso de comunicación simétrico; en donde los participantes logren, más allá de sus diferencias, llegar a instancias de acuerdo y mutuo enriquecimiento, es dentro del planteo del autor, el momento a partir del cual se inicia el proceso dialógico que tendrá como resultado una ciudad con sentido. Una ciudad que sea una acumulación de lugares y no de meros espacios. Esta idea de lugar, como un espacio cargado de significación, podría constituir una definición que nos permitiera introducir la idea de historia, y así reconstruir los procesos de formación y transformación desde sus orígenes.

Lamentablemente, no creemos que definirla nos permita entenderla mejor. En primer lugar, por que no es nuestro objetivo, y en segundo término, por que acotaríamos su verdadera significación. Si seguimos los ejemplos vistos hasta ahora -válidos o no-, cometeríamos el mismo error que muchos autores, que en sus intentos por entender la ciudad, terminan definiéndola. Creemos por último; coincidiendo con J.F. Lyotard cuando se refiere a la condición posmoderna; en la imposibilidad de representar la totalidad. La ciudad como totalidad, se comporta como un fenómeno inabarcable; definirla, es tratar de abrazar la totalidad, entenderla, es construir espacios de reflexión desde adentro, es operar por partes sin aparente conexión, pero que ayudan a reconstruir el tejido explicativo de la ciudad; es finalmente, la búsqueda de un significado que no es aparente ni efímero, si no que tiene sus raíces hundidas en la historia.

 

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* Profesor del I.S.F.D y T nº 127, Ciudad de San Nicolás, Prov. de Buenos Aires, Argentina, en el Profesorado de Historia.

[1] El concepto de mapa cognitivo, se refiere “... a una interioridad mental (...) eso que desconocemos por el momento qué forma y estructura adopta en la memoria, es lo que llamamos un mapa cognitivo. (...) refleja un hecho cotidiano que le acontece al habitante urbano en cualquier ciudad del mundo. (...) Hoy los mapas cognitivos plantean cómo se engendra en la interioridad mental la representación del mundo exterior. (...) el mapa cognitivo consiste en un dispositivo mental que nos orienta a diario en nuestra navegación urbana (...) El mapa cognitivo es o consiste en información espacial, pero de ningún modo se trata de una información desplegada sobre un plano. Es información que guía al peatón urbano (...) Es información que sirve a su poseedor para la resolución de múltiples problemas espaciales (...) esa información, que tiene su asiento en la mente, genera y establece relaciones en el espacio en que nos movemos y por ello recibe la denominación de “mapa cognitivo”.Castro Aguirre, Constancio de. “Mapas Cognitivos. Qué son y cómo explorarlos.” Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Universidad de Barcelona [en línea] nº 33, 1ro de agosto de 1999, disponible en World Wide Web, <http://www.ub.es/geocript/htm.menu> [ISSN 1138-9788].

[2] Redman, Charles. L.: Los Orígenes de la Civilización. Desde los primeros agricultores hasta la sociedad urbana en el Próximo Oriente. Editorial Crítica, Barcelona, 1990, pág., 316.

[3] N. del A: El concepto de ciudad jardín, está relacionado con la actividad de carácter colectivo, y se refiere a la construcción de barrios con casas individuales y jardines familiares, y la proyección de grandes espacios verdes. Para la ciudad de San Nicolás, un ejemplo concreto de este tipo de ciudades -por supuesto que en una escala más pequeña-, lo constituye el barrio Somisa, construido específicamente -en un principio- para los trabajadores de la metalúrgica.

[4] Duprat, Juan.: E. M. Las concepciones Urbanísticas: aspectos de cambio y avance. En: Derecho y Planeamiento Urbano. EDITORIAL UNIVERSIDAD, Buenos Aires, 1983.

[5]  Sobre la clasificación funcional de las ciudades, ésta se haría basándose en el predominio o no de una actividad determinada o de servicios determinados. Pierre George, establece ocho categorías; “...ciudades mineras, ciudades industriales, ciudades de almacenaje, ciudades universitarias, ciudades de recreo y de retiro, y ciudades de actividades diversas.” George, Pierre, op. cit., pág., 213.

[6] Pirenne, Henri.: Las ciudades en la edad Media, cap. VI, pág., 88.

[7] Jones, E.: Pueblos y Ciudades, Editorial Universitaria de Buenos Aires. EUDEBA, 1973, pág., 6.

[8] Munford, L.: La cultura de la Ciudades. EMECÉ EDITORES, Bs. As., Segunda ed., 1957, pág., 29.

[9] Lahmeyer Lobo, Eulalia María.: El papel comercial y financiero de las ciudades en la América Latina de los siglos XVIII y XIX. En: Hardoy, Jorge; Morse, Richard; Schaedel, Richard. Ensayos Histórico Sociales sobre la urbanización en América Latina. Ediciones SIAP, Comisión de Desarrollo Urbano y Regional de CLACSO, 1978, pág., 200.

[10] Jones, E, op. cit., pág., 8.

[11] García Canclini, Nestor.: “Culturas Urbanas de Fin de Siglo”. En: Revista Internacional de Ciencias Sociales, nº 153, año 1997.

[12] Baigorri, Artemio.: De lo Rural a lo Urbano. Hipótesis sobre las dificultades de mantener la separación epistemológica entre Sociología Rural y Sociología Urbana en el marco del actual proceso de urbanización global. V Congreso Español de Sociología - Granada, Grupo 5. Sociología Rural, Sesión 1ª. La Sociología Rural en un contexto de incertidumbre. 1995.

[13] García Canclini, Néstor, op. cit., 1997.

[14] Capel, Horacio.: “La definición de lo Urbano”. Rev. Estudios Geográficos, nº 138-139 (nº especial de “Homenaje al profesor Manuel de Terán”) febrero-mayo, págs., 265-301, 1975.

[15] Baigorri, Artemio, op. cit.

[16] N. del A.: Este concepto, fue desarrollado principalmente por el Sociólogo Norteamericano Louis Wirth, y se refiere al mismo como uno de los rasgos esenciales para definir la ciudad. Esta heterogeneidad social, permitiría explicar también, la diferenciación social que se produce dentro del espacio urbano.

[17] N. del A.: Los orígenes de la Sociología Urbana se asentaron sobre la idea de “cultura urbana”. La escuela ecológica de Chicago fundada por R. E. Park durante la década de 1920, en donde ecología significa la relación entre la población y medio. “En este caso el medio es obra humana, y la relación entre él y la sociedad es muy complicada. De ahí que en la ciudad se descubran áreas culturales peculiares (...) se sugiere que la ciudad tiene sus propias leyes, que orientan su crecimiento y desarrollo.” Jones, E, op. cit., pág., 10.

[18] N. del A.: La idea de interacción, está relacionada con el concepto de intercambio, ya sea de información o de mercancías. Desde este punto de vista, la ciudad aparece como el lugar central donde se privilegian todos los tipos de intercambio. Para Jean Remy - Sociólogo Belga - “...la ciudad es un elemento esencial del sistema económico precisamente por su lugar, condición de lugar de intercambio, de elección de innovación”. Sobre este último concepto, el mismo Remy dice que “... las innovaciones en la transmisión de mensajes y en el desplazamiento de personas han roto el monopolio que hasta ahora poseía la densidad física del hábitat, para crear una densidad de comunicación social”. Remy, Jean. Utilización del espacio, innovación tecnológica y estructura social. Trad. castellana en Beringer, ch y otros: Urbanismo y práctica política, Barcelona, Editorial Los libros de la Frontera, 1974. Citado por Capel, Horacio, op. cit.

[19] Jones, E, op. cit,. pág., 9.

[20] El surgimiento de la Ecología Humana de la mano de Robert Park y Ernest Burgess, tomó para el análisis de los problemas espaciales, todo lo que la Sociología produjo durante el siglo XIX, los conocimientos de la Sociología Urbana, y por último, los aportes de la Geografía Humana. Su centralismo en la ciudad de Chicago y en los problemas de metropolización, fueron los disparadores de críticas de amplio espectro. Algunas de ellas se referían a su excesivo darwinismo, y al reduccionismo cuantitativo de sus planteos. Baigorri, Artemio.: “Del Urbanismo Multidisciplinario a la Urbanística Transdisciplinaria. Una perspectiva sociológica.” Publicado en Ciudad y Territorio/Estudios Territoriales, nº 4, 1995, pp. 315-328.

[21] Munford, Lewis, op. cit., pág., 627.

[22] N. del A: Se refiere específicamente a los estudios centrados pura y exclusivamente en la ciudad norteamericana contemporánea y en la forma metropolitana, también contemporánea.

[23] Ibídem, pág., 628.

[24] Jones, E, op. cit., págs., 12-13.

[25] Wirth, dice que lo que caracteriza el mundo de la vida urbana, es el “...aislamiento social; secularización; segmentación de los roles o papeles desempeñados; normas poco definidas; relaciones sociales caracterizadas por la superficialidad, el anonimato y el carácter transitorio y utilitario; especialización funcional y división del trabajo; espíritu de competencia, frente a la solidaridad de las sociedades rurales; gran movilidad, economía de mercado; predominio de las relaciones secundarias e impersonales sobre las primarias, que serían características de las sociedades rurales; debilitación de las estructuras familiares y desaparición de las relaciones con parientes lejanos; paso de la comunidad a la asociación...”. Todas estas características se asentarían en tres elementos básicos; la heterogeneidad, el tamaño y el aumento de los asentamientos, y la densidad de los mismos. Capel, Horacio, op. cit.

[26] “Lo que hace difícil describir las características morfológicas y las del crecimiento de las ciudades en los países subdesarrollados, y más aún definirlas en términos precisos, es la gran variedad de formas que el subdesarrollo presenta (...) Es casi imposible aplicar los mismos términos convencionales al análisis de la ciudad iraní, al de la africana o al de la peruana...”. George, Pierre, op. cit., pág., 144.

[27] Gaggiotti, Hugo.: “Ciudad, Texto y Discurso. Una reflexión en torno al discurso urbano”. [en línea] Scripta Vetera, Edición Electrónica de Trabajos Publicados, Universidad de Barcelona. Disponible en world wide web http://www.ub.es/geocrit/menu.htm.

[28] Ibídem, (t.o)

[29] Ibídem, (t.o)

[30] Ibídem, (t.o)

[31] Lash, Scott.: Sociología de posmodernidad. Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992.

[32] Ibídem, pág., 55.

[33] Ibídem, pág., 56.

[34]Acerca de dicho laberinto, Munford nos dice que; “El plan de la ciudad medieval, se ajustó al mismo patrón que el de la aldea. Había calles que guardaban proporción con las aldeas y otras con las ciudades (...) En los comienzos de la edad media ya es posible descubrir el trazado regular y geométrico, con el rectángulo como base de la subdivisión (...) cabe suponer que los trazados medievales son más irregulares que la mayoría de los modernos, esto ocurría por que los lugares desparejos se utilizaban con más frecuencia dado que podían fortificarse y defenderse mejor. (...) El elemento determinante de la ciudad (...) era su muralla circundante y el espacio central abierto donde se edificaba la iglesia principal y donde más tarde se construían el edificio de la corporación, el mercado y las hosterías.” Munford, Lewis. La cultura de las ciudades, op, cit., págs., 70-72.

[35] Lash, Scott, op. cit., pág., 59.

[36] Cf. Con Ramírez, José Luis.: “Los dos significados de la ciudad o la construcción de la ciudad como lógica y como retórica”. Scripta Nova, Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. [en línea] Universidad de Barcelona, nº 27, 1º de octubre de 1998. Disponible en World Wide Web, http://www.ub.es/geocrit/menu.htm. [ISSN 1138-9788]

[37] “Quienes buscan aspectos importantes de carácter legal para fundamentar una verdadera ciencia social, estiman que en la historia hay leyes de tendencia, leyes de cambio o de proceso, aunque éstas no son de igual tipo que las que un físico está acostumbrado a manejar, es decir, leyes universales, que valen para todo momento, para todo lugar y para toda situación. (...) son leyes de tendencia o proceso, de carácter no universal y conectadas con las peculiaridades idiosincrásicas y coyunturales que se presentan en el transcurso de la historia...”. Klimovsky, Gregorio; Hidalgo, Cecilia. La inexplicable sociedad. Cuestiones de epistemología de las ciencias sociales. A.Z editora S. A., 2ª edición: mayo de 1998, pág., 262.

[38] Según Popper, citado por Klimovsky, “...las teorías que asumen una posición historicista parecen ser científicas aunque, en realidad, son sólo seudociencias; no se basan en los cánones generales del método científico y lo único que hacen es permitir que los científicos sociales nos encandilen con sus profecías”. Ibídem, pág., 266.

[39] Ibídem, pág., 263.

[40] Klimovsky, Gregorio.: Las desventuras del conocimiento científico. Una introducción a la epistemología. A-Z editora, 2da edición, julio de 1995, págs., 256-257.

[41] Walter Christaller, creó la teoría del lugar central. Este geógrafo Alemán durante los años 30, intentó explicar el espacio y las funciones entre ciudades y pueblos de la Alemania del momento. Su planteo central, fue sostener que en un paisaje donde no hubiera accidentes del tipo montañas, ríos o variación en la distribución de los recursos, la conformación del patrón espacial del asentamiento sería de carácter regular. Dentro de este esquema, existiría una equidistancia entre los pueblos y ciudades que tuvieran el mismo tamaño, y a su vez, estarían rodeados por asentamientos llamados “núcleos secundarios” que tendrían sus propios satélites. La morfología que se adaptaría mejor a esta disposición, sería la hexagonal. Según Renfrew, este modelo ideal puede ser detectado en la forma y la función desarrollada por ciudades y pueblos antiguos y modernos. “El rasgo básico es que cada centro principal estará a cierta distancia de sus vecinos y rodeado de un anillo de asentamientos más pequeños en un patrón dispuesto jerárquicamente.” Renfrew, Colin; Bahn, Paul.: Arqueología. Teorías, Métodos y Práctica. Ediciones Akal S.A., 2da edición 1998, pág., 167.

[42] Capel, Horacio, op., cit., (t.o)

[43] Jones, E, op. cit., pág., 11.

[44] Capel, Horacio, op. cit., (t.o)

[45] Jones, E, op. cit., pág., 12.

[46] La idea de interdisciplinariedad, fue muy bien desarrollada por el sociólogo y politólogo francés Mattei Dogan. Su planteo, se refiere a la paulatina desaparición de las antiguas clasificaciones de las ciencias sociales. El desafío de la actual era, se centra en el paso de estas formas antiguas a modernas ciencias sociales, que se caractericen precisamente por el alto grado de “hibridación” que presenten en su conformación. Esta hibridación - en lo conceptual, lo teórico y lo metodológico - pretende que se produzca un intercambio casi “genético” entre las distintas disciplinas. “La palabra “interdisciplinariedad” no expresa bien el fenómeno porque tiene un dejo de diletantismo y habría, pues, que evitarla y sustituirla por “multiespecialidad” o “hibridación del conocimiento científico”. Dogan, Mattei. “Las nuevas ciencias sociales: grietas en las murallas de las disciplinas”. Revista Internacional de Ciencias Sociales. Unesco, Org., nº 153, septiembre de 1997.

[47] Capel, Horacio, op. cit., (t.o)

[48] Según Murphy, es necesario interrogarse sobre: “... cómo la región llegó a ser una unidad espacial socialmente significativa; cómo es percibida, vivida y considerada por sus habitantes y cómo ha variado esa consideración en el tiempo. Para ello se propone el desarrollo de una teoría social que, incorporando la reflexión geográfica permita que los marcos regionales no estén tratados simplemente como abstracciones espaciales o “dados a priori”, si no que se penetre en las causas de su organización y evolución”. Rocatagliata, Juan A. (comp.) .: La Argentina. Geografía general y los marcos generales. Editorial Planeta, Argentina SAIC, 1988-1992, pág., 433.

[49] George, P, op. cit., pág., 239.

[50] Rofman, Alejandro.: Aspectos de la estructura urbano-regional en países en vía de desarrollo. En: Hardoy, Jorge. El proceso de urbanización en América Latina. Editorial del Instituto Torcuato Di Tella, Buenos Aires, 1968, pp. 165-188.

[51] Ibídem, pág., 185.

[52] Sería interesante analizar -dentro de la configuración actual de la ciudad- el impacto que produjo la aparición de la “ciudad espiritual” a diferencia de la “ciudad industrial”. Por motivos de prioridades, dejaremos esta instancia como una problemática a desarrollar en otro contexto temático. De todas maneras, creemos que el anterior ejemplo es lo suficientemente claro, como para comprender el enfoque regional.

[53] Ramírez, José Luis.: “Los dos significados de la ciudad o la construcción de la ciudad como lógica y como retórica”. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. (en línea) Universidad de Barcelona, nº 27, 1º de octubre de 1998. Disponible en world wide web,  http://www.ub.es/geocript/menu.htm. [ISSN 1138-9798].

[54] Los conceptos de espacio y lugar, son trabajados por Ramírez de la siguiente manera: “El espacio es una dimensión vacía, una dimensión física concebida geométricamente. El lugar (...) carece de dimensiones fijas. Un lugar aparece dondequiera que algo importante sucede.” Ramírez, José Luis, op. cit., (t.o)

[55] Un paradigma histórico del urbanismo, concibe a la ciudad (como estructura física) como el “...resultado de la vida organizada en formas democráticas”. La ciudad, sería lo que la actividad humana construye, su escenario, su espacio de circulación, o el resultado de un proceso dialógico. Ramírez. J. L, op. cit., (t.o)

[56] El paradigma geométrico o también llamado perspectiva estructural, conforma todo lo opuesto -aunque a veces complementario- al paradigma histórico. La visión que da de la ciudad, es como un “... escenario físico dentro del cual los seres humanos desarrollan ciertas formas típicas de vida llamada “urbana”. Este paradigma, piensa la ciudad como una estructura física, y conforma una idea funcionalista, en la que “... el urbanista creador de estructuras físicas tiene que (...) hacer posibles las actividades humanas...”. Ramírez J. L, op. cit., (t.o).

[57] “El diálogo de la ciudad no puede ser (...) una mera conversación asimétrica en la que uno está embaucando o imponiendo su opinión al otro. El diálogo supone que ambos dialogantes están dispuestos a permitir que el propio discurso les vaya ayudando a describir lo que es conveniente, matizando la opinión previa y fundamentándola (...) la opinión de todos ellos se transforma y completa mediante el discurso.” Ramírez, José Luis, op. cit., (t.o)

[58] Ibídem.

[59] En su trabajo sobre la ciudad en la música del siglo XIX, Mercedes Arroyo hace “... hincapié en el hecho de que algunos músicos del siglo XIX fueron conscientes del papel que podía desempeñar la música como vehículo transmisor de ideas, entre ellas la idea de ciudad, bien contrapuesta al mundo rural, bien como centro difusor de progreso.” Arroyo, Mercedes.: “La ciudad en la música del siglo XIX. La difusión de imágenes e ideas espaciales.” En: Capel Horacio; López Piñero, J.M; y Pardo. J. Ciencia e ideología en la ciudad (vol. II), I Coloquio interdepartamental, Valencia, 1991. Generalitat Valenciana, Consellería d’ Obras Públicas, Urbanisme i Transports, Valencia, 1992, págs., 139-150. Scripta Vetera, Edición Electrónica de trabajos publicados, Universidad de Barcelona. Disponible en world wide web, http://www.ub.es/geocrit/menu.htm [ISBN 84-7890-573-1].